viernes, 25 de febrero de 2022

 Benidorm antes de 1963 ¿el Paraíso Perdido?


Francisco Amillo Alegre


Al finalizar la Primera Guerra Mundial industriales alcoyanos, enriquecidos con el suministro a los beligerantes, empezaron a construir chalets en primera línea de la playa de Levante. A diferencia de lo que ocurría en Poniente aquí la costa era baja, muy llana y más accesible. Además era una playa de arena con suave pendiente que permitía el baño familiar sin peligro para los niños y con más comodidad que en las inmediatas playas de piedra de Altea, l’Albir o la Vila Joiosa.

A las ventajas de la playa se unieron los atractivos paisajísticos descritos de forma admirable por Gabriel Miró cuya alusión a los azules del cielo y el mar de Benidorm sería utilizada en las primeras promociones turísticas de la villa. “Pero Benidorm tenía intimidad. Se interna entre los azules del cielo y de las aguas. Mar y aire suyos, como creados privadamente para su goce. […] Benidorm sumergido entre azules perfectos mediterráneos. […] Azules nuevos, como recién cortados; azules calientes, azules de pureza. […] El mar resultaría quizá demasiado profundo de azul; sobraría superficie azul delante del pueblo, y como nada puede sobrar en la belleza, floreció la lis de un islote: una roca encarnada como un corazón, que recremase la lumbre. Pueblo claro y recogido. Dentro de los azules, paredes de aristas de espigas, contornos de nitidez de sal”. [1]

 

Hasta 1963 el aspecto de la playa de Levante era muy similar al de antes de la Guerra Civil con un hotel de lujo, el Bilbaíno, pero predominando los chalets unifamiliares. En esta imagen vemos además una innovación añadida por el Plan General de Ordenación Urbana de 1956: algunos bloques de apartamentos de cinco o seis plantas que alteraban muy poco el skyline tradicional.



La promoción de Benidorm como paradisíaco lugar de veraneo.

Tras el impulso que recibió la actividad turística durante la alcaldía de Vicente Llorca Alós (1925-1930), la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial supusieron un golpe muy duro para el turismo de Benidorm, sobre todo el internacional. Pero finalizado el período bélico el panorama cambió y el turismo internacional consiguió reanimarse. Las bellezas del entonces pequeño pueblo de unos 3.000 habitantes, volvieron a recuperar su atractivo. Para esta etapa tenemos el testimonio de Sylvia Plath que en 1956 pasó una parte de su luna de miel en Benidorm: "vi aquel mar azul centelleante, la limpia curva de sus playas, sus inmaculadas casas y calles, sentí instintivamente, igual que Ted, que ese era nuestro lugar" [2].

En esa época, después de los españoles, los turistas que más nos visitaron fueron los alemanes y en el Archivo Municipal se conservan fotografías y vídeos donados por algunos de ellos, como Albert Becker Zahnarzt, que son un fiel reflejo de aquel Benidorm. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial algunos alemanes se refugiaron en España porque temían represalias por su pasado nazi y una parte de ellos recaló en Benidorm y la comarca. Jaume Climent contaba la historia de Humberto Hahn Stropciski, uno de esos nazis que fue acogido por un judío que le dio alojamiento y comida y le ayudó a encontrar trabajo.

Publicidad en la Revista Oficial de les Festes Majors Patronals del año 1962 ofreciendo el servicio de intérprete de español-alemán.


Otro alemán en Benidorm fue el ilusionista Fredo Marvelli que se asentó en 1952. No huía de su pasado sino que como Sylvia Plath quedó cautivado por su paisaje. Viniendo desde Alicante vio a lo lejos, desde la carretera que circulaba junto a la playa de Poniente, el pueblo encaramado sobre Canfali y, como muchos otros, se quedó prendado de él y en él se estableció. Convirtió su afición a la fotografía en profesión lo que, amén de otras actividades, le llevó a editar postales que vendían las bellezas naturales de la villa: las dilatadas playas de arena, el pequeño pueblo de casitas blancas,  el puerto, Sierra Helada, el Puig Campana, el aspecto de oasis en Poniente, etc. En este último caso la magia de su cámara parece habernos trasladado a alguna paradisíaca isla del Pacífico pero estamos en la Cala de Benidorm. Supongo que lo que más atrae de estas postales es la belleza paisajística y paradisíaca que nos sugieren.

Postal de Marvelli donde las palmeras  y el humedal de agua dulce de la Cala y podían ofrecer el aspecto de un paraíso tropical.


Pero no había sido el primero en retratar ese paraíso. El año anterior la película Alba de América había convertido la Cala en playa tropical del Caribe. Que se rodasen algunas escenas en Benidorm se debió a la recomendación de Julio Guillén Tato, entonces capitán de fragata y director del Museo Naval de Madrid que, como asesor naval de la película, diseñó y dirigió la reproducción de la carabela Santamaría. Conocía Benidorm desde de niño porque había pasado algunos veranos en él y más tarde, de adulto, compró una casa con ese mismo objeto. En España  Alba de América supuso una gran promoción turística para el pueblo y una muy agradecida fuente de ingresos para algunos de sus habitantes que participaron en el rodaje del film.


Dos fotografías de personajes de Benidorm que participaron en el rodaje del film Alba de América. En la segunda imagen vemos la réplica de la carabela Santamaría construida respetando hasta en los más mínimos detalles las naves de finales del siglo XV. Se hizo según diseño y supervisión personal de Julio Guillén Tato.


Volviendo a los alemanes, estos primeros residentes atrajeron a muchos compatriotas que encontraron aquí un lugar ideal para sus vacaciones estivales. Algunas alemanas contrajeron matrimonio con españoles y se quedaron para siempre.

Para estos turistas alemanes se creó una publicidad que definía a Benidorm como “Das Paradies der Spanischen Riviera” (El paraíso de la Riviera española”). Así lo anunciaban, por ejemplo, el hotel Europa y el Madrid. Fomentaban la imagen de un paraíso como el descrito por Gabriel Miró de arenas doradas con azules de cielo y mar. También de un paraíso arqueológico en el Tossal de Cala porque Humberto Hahn Stropciski compraba las piezas que sacaba del antiguo fortín romano un guardia civil del cuartel de la Cala y luego las revendía a otros compatriotas. Humberto Hahn decía llamarse así aunque en Benidorm pensaban que no era su verdadero nombre ya que había sido miembro de las SS. Se dedicaba a la venta de inmuebles y a la reventa del material arqueológico.

En aquellos años el casco urbano de Benidorm era muy pequeño y la zona turística era sobre todo la playa de Levante. La de Poniente era un lugar sin apenas edificios, predominando campos de olivos. Destacaban las palmeras que llegaban muy cerca del  mar ofreciendo la imagen de playa paradisíaca. El Plan General de Ordenación Urbana de 1956 reforzó este concepto ya que primaba una ciudad-jardín de chalets en solares de generosa extensión y baja densidad de ocupación. Era un Benidorm que en 1952 tenía siete hoteles y 4 pensiones, todos ellos con escasa capacidad ya que los más grandes podían albergar poco más de 50 personas. Así que las playas y locales de ocio eran tranquilos, con verbenas en la Plaza del Castillo los domingos y festivos.

Y así fue durante unos años, hasta 1963, cuando las modificaciones del PGOU permitieron la edificación en altura y la construcción de rascacielos que supusieron un cambio fundamental en la evolución turística de Benidorm. El primero, el edificio Frontalmar, tenía quince plantas y el segundo, el Coblanca 21 tenía 27 plantas y 91 metros de altura. Estos edificios empezaron a extenderse en las zonas previstas para la ciudad-jardín de chalets que desaparecieron para dar origen a la actual ciudad vertical capaz de acoger altas densidades de población. Fue un proceso gradual pero al iniciarse la década de 1970 ya era imparable.

Los nostálgicos del modelo anterior de ciudad turística, apoyado en sus bellezas paisajísticas como símbolo de un lugar paradisíaco, se sintieron descontentos y lo abandonaron. Entre ellos los turistas alemanes, que hasta 1963 habían sido los más numerosos y a partir de esa fecha empezaron a disminuir. Su lugar lo ocuparon los numerosos británicos que no buscaban bellezas naturales sino  la playa y el ocio, algo que la nueva ciudad de los rascacielos les ofrecía abundantemente y a precios asequibles.

Está claro que la promoción turística creó la imagen de un Benidorm paradisíaco, pero ¿era realmente un paraíso?

Para los turistas europeos evidentemente sí. Venían de grandes ciudades industriales y el paisaje tradicional de Benidorm podía parecerles el paraíso que ellos habían perdido entre el humo de las fábricas y el asfalto de las calles. Un paraíso que tenía como imagen publicitaria la omnipresente palmera, símbolo de un clima suave y soleado que garantizaba unas felices vacaciones. 

También el clima se utilizó como elemento publicitario: “El sol pasa el invierno en Benidorm y la brisa el verano”. El lema  "Playas de Benidorm, Horizontes azules, Primavera constante, Un encanto veraniego" no era nuevo: se había acuñado ya en 1936 y se retomó en la década de 1950.

Esta promoción se completaba con hoteles modernos y no muy grandes, de carácter más familiar, sin masificación. Un ejemplo es el hotel Victoria que ofertaba piscina, una antigua balsa de riego reconvertida, cuando el pueblo aún no tenía agua potable.

Cartel publicitario editado por el Ayuntamiento de Benidorm haciendo alusión al excelente clima de la localidad. La fotografía que incluye muestra modernos edificios entre zonas verdes. El pastor y sus ovejas en Serra Gelada rememoraban el mito de la Arcadia feliz del mundo clásico.




El paraíso que vivían los residentes de Benidorm.

Ese Benidorm publicitado como la Arcadia feliz ¿lo era para sus habitantes? Los humedales de la Cala, que en las fotografías de Marvelli podían parecer un oasis tropical, tenían su contrapunto: en 1953 el comandante del puesto de la Guardia Civil de la Cala escribía al alcalde Pedro Zaragoza quejándose de que en los humedales próximos los mosquitos se reproducían de forma extraordinaria y además de ser una gran molestia podían transmitir paludismo. Esto nos muestra la otra cara del paraíso, la que veían sus habitantes.

Las aguas dulces estancadas podían favorecer el desarrollo de mosquitos transmisores del paludismo. Fotografía de Simeón conservada en el Archivo Pedro Zaragoza de la Universidad de Alicante.


Hasta el clima significaba cosas distintas: la escasez de lluvias, ideal para disfrutar de unas vacaciones estivales alegres y luminosas, tenía la contrapartida de crear dificultades a los agricultores. En 1952 Benidorm seguía siendo “labrador y marinero” tal como lo describió Gabriel Miró. Sus habitantes seguían viviendo de la dura agricultura de secano de almendros y olivos, y de la despiadada mar que cobraba, de tanto en tanto, tributo de vidas pescadoras. Afortunadamente para los agricultores en 1952 habían terminado los tres primeros tramos del Canal Bajo del Algar y sus aguas permitirían más tarde introducir la agricultura de cítricos, mucho más rentable. Para los pescadores la economía turística supuso el inicio de un lento declive hasta que finalmente casi desaparecieron, poniendo fin a una actividad secular. Como indicaba Julio Guillén Tato era más atractivo el trabajo de camarero que el de pescador.

La promoción turística de esos años sobre la bonanza del clima veraniego mostraba también otro aspecto negativo para los benidormenses: se trataba de un turismo estacional, que no garantizaba ingresos todo el año ni podía dar trabajo a todos los que lo necesitaban.

Aunque en Benidorm había un grupo de personas de vida acomodada y también algunos terratenientes muy ricos, predominaba la población con ingresos ajustados. Eso causó la emigración y el declive demográfico de la villa. En 1910 tenía  3.498 habitantes que fueron disminuyendo hasta llegar a los 2.726 en 1950, el año en el que Pedro Zaragoza accedió a la alcaldía en el mes de diciembre.

Para bastantes familias el alimento era un bien escaso. En los programas de las fiestas patronales se incluye a menudo el reparto de cestas con comida, ropa o dinero (1944, 1947, 1950 y 1954); en 1960 aún se repartieron cestas de comida, siendo la última vez que esta actividad se cita en los programas.

La documentación municipal de los primeros años de la alcaldía de Pedro Zaragoza nos muestra que aún seguían en vigor las hojas de racionamiento. Creadas durante los duros años de postguerra, en 1952 ya eran menos necesarias pero el Ayuntamiento las seguía repartiendo. Para adquirir productos se recortaban los cupones y el Ayuntamiento exigía a los comerciantes que se los entregaran mensualmente. También vemos que daba de baja en las hojas de racionamiento a las personas que marchaban de Benidorm porque deberían solicitarlas en su nuevo domicilio.

A finales de 1952 había un total de 2,928 tarjetas; en ese año se habían dado de alta 112 (por nacimiento y llegadas de otras localidades) y se habían dado de baja (por defunción y cambio de residencia) 164 tarjetas. El comerciante que más cupones de racionamiento había gestionado era Rafael Alemany Molina, ya que con 1.221 suponía casi la mitad de los de Benidorm. 

Hoja de racionamiento de Benidorm de los primeros años de la década de 1940. El comprador recortaba los cupones y los entregaba al comerciante para poder adquirir determinados tipos de alimentos. En 1952 ya no había escasez de café por lo que la venta de achicoria, que lo había sustituido en años anteriores, ya no era necesaria.


En 1952 el racionamiento de alimentos se había suavizado pero aún se controlaba las capturas de la pesca, los animales sacrificados en el matadero municipal y la carne vendida en las carnicerías, la producción de aceite en las almazaras y su venta en las tiendas. Lo mismo pasaba con la harina de los molinos maquileros y con el pan expendido en las panaderías. También se cita el azúcar, que tenía un tope de venta por adulto y otro por niño.

El café no tenía problemas de escasez pero se autorizaba a tostarlo con un 10 % de azúcar porque de esa manera se obtenía más cantidad. En Benidorm sobraba café y el  02/02/1952 el Ayuntamiento preguntaba al gobierno civil si el remanente de 6,4 kg de café que se arrastraba desde septiembre del año anterior se podía distribuir en centros benéficos.

En esta situación de alimentos escasos la aparición de epizootias en animales domésticos suponía dificultades. El 09/06/1952 el inspector municipal veterinario Leonardo Ruíz informaba al alcalde que había inspeccionado el ganado desembarcado de un camión en la Plaza de la Cruz “el cual se encuentra atacado de la enfermedad conocida con el nombre de fiebre aftosa o glosopeda, siendo el número de animales atacados el total de la expedición […] he puesto al corriente al encargado del ganado de las medidas y precauciones a observar” [3]. La enfermedad se extendió por el pueblo y el 25 de septiembre el inspector veterinario indicaba al alcalde: “he girado visitas a diversas cabrerizas situadas en este término municipal y la enfermedad que en esos ganados se ha presentado es la GLOSOPEDA, presentando carácter benigno y muy difusible, habiéndose registrado hasta el momento treinta y cinco invasiones”. Como consecuencia de este informe el Servicio Provincial de Ganadería de Ministerio de Agricultura escribía dos días después al alcalde: “Declarada oficialmente la existencia de FIEBRE AFTOSA  en ese término municipal […] ruego a V.S. preste su apoyo en la adopción de las medidas sanitarias conducentes a evitar la propagación de la citada enfermedad” [4].

Las gallinas constituían un interesante complemento a la alimentación de las familias campesinas pero ese año tuvieron mala suerte: el 13/09/1952 el veterinario municipal informaba al alcalde que por aviso de sus propietarios había “girado visita a diversos gallineros de este término municipal y la enfermedad que en ellos se ha presentado es la conocida con el nombre de PESTE AVIAR, presentando carácter muy difusible, puesto que se inició el día 5 del mes en curso, habiéndose registrado hasta el momento cuarenta y seis defunciones.

La actuación del Servicio Provincial de Ganadería fue rápida y dos días después indicaba al alcalde que estaba: “Declarada oficialmente la existencia de PESTE AVIAR en ese término municipal” y que debía apoyar las medidas propuestas por el veterinario municipal. La muerte de esas aves privaba a sus propietarios de un interesante recurso alimenticio.

La enfermedad no fue erradicada y el 21 de septiembre de 1954 el veterinario municipal informaba de la muerte de 230 gallinas por esa causa (AMB 4833/1).

Venta de pescado en el mercadillo de la calle Martínez Oriola que estaba sin asfaltar, como la mayoría de calles . Fotografía de Kate W. Stratton en el año 1960.


El ambiente de escasez de alimentos propició la aparición de la picaresca en algunos comerciantes. Los vecinos se quejaron de que estaban vendiendo leche rebajada con agua. El alcalde indicó al veterinario municipal: “En vista de las denuncias que se han presentado por venta de leche adulterada, esta alcaldía ha dispuesto que inmediatamente tome las medidas oportunas para ejercer un riguroso control sobre la leche, especialmente la que procede de otros términos municipales”. El Ayuntamiento compró un medidor de densidad con el que el veterinario recorrió los establecimientos en los que se vendía leche.

El resultado fue que entre el 21 de julio y el 18 de agosto emitió 12 partes de infracción y algunos comerciantes acumularon dos. Se les puso una multa por adulterar la leche con agua y los reincidentes recibieron doble multa y la advertencia de que a la próxima infracción se les cerraría el comercio.

Uno de los sancionados por vender leche aguada ya había sido sancionado en el mes de febrero por la venta de alimentos en mal estado. En el Registro de Salida de Documentos de ese año se le indicaba: “no habiendo cumplido los requisitos exigidos por esta alcaldía para venta productos cárnicos se le da un plazo de 8 días a retirar todos los productos, pasados los cuales se le practicará inspección, decomisando todos los productos que hubiera” [5].

No fue el único carnicero poco escrupuloso: el 12/08/1952 el veterinario municipal informaba que el embutido fresco que vendía el tablajero de la plaza de la Constitución, estaba “completamente alterado en sus condiciones higiénicas. Como la ingestión de ese producto, supone un grave riesgo para la salud del consumidor, le ruego tome las medidas más oportunas para que el expendedor sea sancionado. Al mismo tiempo, he ordenado el decomiso de toda la existencia del producto” [6].

La documentación registra también picaresca en los hornos de pan: con fecha 11/07/1952 tres vecinos de Benidorm habían denunciado que vendían el pan con menos peso del establecido. Hechas las averiguaciones pertinentes tres panaderos sufrieron una multa de 250pts “por falta de peso en el pan” [7].

Al año siguiente, con fecha del 15 de abril, el alcalde dirigía un escrito a los vendedores de carne y pescado indicando: "todos los establecimientos que expendan al público carne o pescado estarán sujetos a las órdenes que a continuación se detallan, advirtiendo que los contraventores serán sancionados severamente [...] el cierre del establecimiento.

1º.- todos los tablajeros o vendedores de pescado deberán tener expuesta al público [...] una lista de precios [...]

2º.- Tanto la carne como el pescado han de reunir las condiciones de higiene, sanidad y presentación exigidas por la Inspección de Sanidad, siendo decomisados los géneros que no se ajusten a estas condiciones.

3º.- No podrá vender a precio superior al autorizado por esta Alcaldía". El escrito se envió a ocho establecimientos.



Sanidad, tuberculosis y paludismo en Benidorm.

En aquellos años aún no se había implantado el Sistema Nacional de Salud y los vecinos solían concertar con los médicos una “iguala”, una cantidad fija anual a cambio de recibir sus servicios. Los más pobres, si estaban registrados como tales en el Ayuntamiento, tenían derecho a la atención gratuita del médico municipal y a medicamentos gratuitos del farmacéutico municipal.

Con estos sistemas se mantenía unas condiciones de salud aceptables para la época aunque inaceptables hoy día, por ejemplo una elevada mortalidad infantil y el predominio de fallecimientos por enfermedades infecciosas que hoy día tienen fácil remedio. Entre ellas destacaban en 1952 la tuberculosis y el paludismo, dos enfermedades graves cuya erradicación se inició durante la Segunda República pero la Guerra Civil y la crisis de postguerra interrumpieron el proceso. Lo retomaron los médicos benidormenses Cosme Bayona Fuster y Miguel Martorell Lloret.

La mortalidad infantil era elevada dado el estado sanitario de la época. En esta fotografía de Quico vemos a unas niñas con traje de primera comunión llevando el ataúd blanco de un niño hasta la iglesia. 


La tuberculosis o tisis era una enfermedad infecciosa provocada por el Mycobacterium tuberculosis, que se contagiaba por inhalación. Causaba elevada mortalidad entre los jóvenes por lo que tenía gran impacto emocional. La facilidad de los marineros de Benidorm para traer estreptomicina de contrabando, antes de que llegara a otras ciudades de España, contribuyó a mitigar sus efectos. Aún así había personas que la padecían y el 8/11/1952 la Jefatura Provincial de Sanidad de Alicante enviaba al Ayuntamiento “orden de ingreso en el Sanatorio Antituberculoso de Torremanzanas, correspondiente a la enferma […] domiciliada en la partida Fluixá, de esa localidad” [8].

El paludismo, tercianas o intermitentes era otra enfermedad infecciosa causada por el Plasmodium, un microorganismo trasmitido a través de la picadura del mosquito Anopheles. La abundancia de balsas de riego en la zona de Levante permitía que se reprodujeran con facilidad, fenómeno que se incrementaba cuando las lluvias creaban charcas. A principios del mes de noviembre de 1952 la Hermandad Sindical de Labradores y Ganaderos de Benidorm escribía al alcalde: “a consecuencia de las recientes lluvias caídas sobre este término municipal lo que produjo estancamiento del agua en varios parajes se da en la actualidad una plaga de mosquitos en toda la zona comprendida entre la Carretera del Rincón de Loix, carretar (sic, por carretera) de la Sierra (Helada) y partida Cabanes con el consiguiente peligro de propagación del paludismo” [9].

Los esfuerzos de los médicos Cosme Bayona y Miguel Martorell, que crearon un dispensario antipalúdico en el colegio de Hermanas la Doctrina Cristiana, y la actuación del Ayuntamiento  con campañas de fumigación y finalmente la urbanización del territorio hicieron que se erradicara pocos años después [10].

Otro ejemplo de la doble cara de aquel Benidorm paradisíaco lo encontramos en el suministro eléctrico. En verano la ausencia de lluvias permitía que el transporte de electricidad se realizase sin problemas y los turistas disfrutaban de unas buenas vacaciones. Pero con la llegada de las lluvias los problemas de aislamiento del tendido eléctrico generaban multitud de cortes que afectaban a los residentes.

La electrificación en Benidorm había comenzado a principios del siglo XX con un suministro desde molinos del barranco de Xirles y después con un generador diesel de la familia Ronda. Las quejas sobre cortes de luz fueron muy numerosas desde los primeros años y en 1952 las encontramos de nuevo. En este caso se dirigían hacia la empresa Riegos de Levante que había adquirido la eléctrica de los Ronda. El 11/11/1952 el Ayuntamiento escribía al Ingeniero Jefe de dicha empresa: “Debo poner en conocimiento de V.S. que el Ayuntamiento de mi Presidencia en sesión extraordinaria celebrada el día 4 del actual, ha acordado elevar una protesta contra el servicio de alumbrado irregular e insuficiente, por lo que considera incumplimiento de contrato por parte de la Compañía.

Los apagones se suceden, y precisamente en los momentos en que el perjuicio que acarrean es mayor, y lo que más llama la atención es que Alicante que está servido por la misma Compañía, no tiene esos apagones, lo que parece dar a entender que no son debidos a fuerza mayor sino a una mala organización o descuidos en la distribución del fluido.

Dichos apagones ya han perjudicado en gran escala durante la temporada de verano y siguen ocasionando molestias y perjuicios, ante al malhumor que reina en la población, el Ayuntamiento vería con gusto se tomaran medidas ordenadas por V.S. para atenuar en lo posible los inconvenientes que ocasionan sobre todo los Domingos, en que la luz y fuerza no suelen venir hasta las siete y media de la tarde, dejando inservibles las cafeteras express el único día que acude el público a los locales a hacer consumiciones y quitando a los numerosísimos radioescuchas la única distracción de oir programas, noticias y partidos de futbol.

No dudando ordenará lo necesario para poner remedio en lo que sea posible y esperando su contestación para exponer a la Corporación municipal las causas y las providencias para remediarlas, espero que en un próximo futuro se reduzcan los apagones a un mínimo y se pueda disponer los domingos de fuerza para los aparatos de radio, cafeteras y cinematógrafos”.

La respuesta de Riegos de Levante fue culpar a la meteorología: “las tormentas que se produjeron en la época que V.S. alude nos inutilizaron las protecciones de la línea que alimenta esa zona y un transformador para la regulación de la tensión […] En cuanto a los cortes de la corriente en domingos, son debidos a la […] necesidad de cambiar el aislamiento de la línea de Alicante a Villajoyosa para evitar averías en épocas de lluvias y temporales que suelen producirse en invierno”. Por fortuna para Benidorm la empresa Hidroeléctrica Española compró Riegos de Levante poco después y el suministro eléctrico se normalizó con lo que el despegue de la actual ciudad turística pudo disponer del suministro que necesitaba su constante crecimiento [11].

Postal de Marvelli. En el Carrer Major un carro para la venta ambulante de agua. La red de distribución de agua potable empezó a funcionar a partir de febrero de 1960. Hasta entonces la venta ambulante de agua había sido frecuente, sobre todo en los veranos de años con precipitaciones por debajo de lo normal. Aunque a veces la población sufrió escasez, a los turistas no les faltó agua.


Y para finalizar esta visión del Benidorm de la década de 1950, algunas curiosidades que se reflejan en la documentación municipal de esos años.

Los salarios eran desiguales y bajos. Se indica que el jornal medio de un bracero era de 20 pts. pero había diferencias: el personal temporal que trabajaba en el Ayuntamiento cobraba 10 pts. mientras que los obreros que repararon el tendido eléctrico cobraron 30 pts.

El sueldo del mes de enero de 1954 de los funcionarios era el siguiente; el sueldo anual constaba de 14 pagas:

Vigilante nocturno Francisco Llorca Devesa          458,37 pts

Alguacil Luis Sánchez Martínez                              544,50 pts

Guardia Municipal José Mendoza Calbo (sic)         585,00 pts

Auxiliar administrativo Juan Rodríguez Serrano     583,37 pts

Auxiliar administrativo Juan Llorca Llorca              877,50 pts

Secretario Fernando Pastor Ruet                        1.604,24 pts

Las multas han sido una constante en la historia pero algunas del año 1952 es fácil que nos sorprendan: circular con una bicicleta que no llevaba actualizada la chapa de latón de la contribución, “alborotar” (chillar y cantar) en la vía pública. Indicadoras de unos tiempos sin agua potable ni saneamiento fueron las multas de 10 pts a una mujer “por ensuciarse en la playa”  y de 50 pts a un hombre por “ensuciarse en la esquina del cine Avenida a las once de la noche del día 14 [de julio]” [13].

Y siguen las sorpresas: a varios músicos, en días diferentes, 15 pts. de multa por no asistir a los ensayos de la banda de música. Hay también 10 niños multados con 5 pts. por no asistir a la escuela; y más sorprendente aún la fecha de cinco de esas multas: el 3 de julio con lo que queda claro que el curso escolar finalizaba más tarde que en la actualidad. También muestra la gran preocupación por mejorar el sistema educativo que caracterizó a Pedro Zaragoza que ese año ya había iniciado los trámites para construir un grupo escolar que recogiese a todos los niños de Benidorm que estaban dispersos en casas particulares habilitadas como escuelas.




La actividad turística vista por los habitantes de Benidorm en 1952.

Antes de la Guerra Civil Benidorm tenía dos hoteles, el Bilbaíno y el Marconi. A partir de 1940 el turismo empezó a recuperarse y en 1952 ya tenía siete hoteles. El mensaje de Pedro Zaragoza de redoblar los esfuerzos del pueblo para desarrollar la actividad turística encontró una gran acogida entre sus convecinos porque la experiencia de años anteriores lo avalaba.

El 20/06/1952 un grupo de vecinos de Benidorm escribieron al Ingeniero Jefe de Obras Públicas indicándole su total oposición a que se concediese permiso a un vecino para instalar un kiosco en la playa de Levante que se vería degradada por esa causa. Sus argumentos evidencian que tras año y medio del mandato de Pedro Zaragoza veían con claridad que el futuro de Benidorm estaba en el turismo y que era preciso mantener las playas en perfectas condiciones. Por eso tanto el Ayuntamiento como los vecinos habían invertido sumas importantes: “Nuestras playas son precisamente el único patrimonio que poseemos. Su posición y otras circunstancias vienen convirtiéndolas desde hace varios años, en la mayor afluencia de veraneantes y esto ha hecho abrigar a todos los que suscriben y al pueblo en general, la fundada esperanza de que lleguen a ser de primer orden. De aquí que no se hayan regateado esfuerzos para hacer innumerables obras en el pueblo que han sido costeadas por todos los vecinos, orientadas a colocarlo en correspondencia con el trato de favor que le dispensan sus numerosos visitantes.

La categoría de los chalets que se han construido cerca de la referida playa de Levante y la de los hoteles construidos y en construcción, junto con la urbanización que a los accesos al mismo se han dado, la limpieza de la playa, son totalmente incompatibles, con la construcción de barracones o casetas, o establecimientos situados en las mismas arenas de la playa […] que despojarían a esta hermosa playa de la clasificación de primer orden a que aspiramos y que ya en la actualidad posee. […]

De prosperar la demanda de concesión que se solicita, se irrogaría un perjuicio a todo un pueblo, que se está esforzando en formar un centro de turismo en las playas de Benidorm, que ya en la actualidad constituye su única fuente de ingresos.

Queremos los vecinos de este pueblo, evitar a todo trance que en nuestras playas se construyan barracones, kioskos [sic], merenderos, bares y demás construcciones que les darían a las mismas un aspecto deplorable de aduar” [14].

Los hechos posteriores dieron la razón a estos vecinos. El desarrollo de la ciudad vertical transformó aquel pueblo paradisíaco para los visitantes pero incrementó de forma extraordinaria la calidad de vida y los recursos de los habitantes de Benidorm. El proceso fue gradual e ininterrumpido y los benidormenses se acostumbraron al crecimiento constante de su pueblo hasta que un día descubrieron que se había convertido en una ciudad en la que había mucha gente nueva que no conocían. Antes en el pueblo era fácil encontrarse con todos y charlar pero en ese momento sólo se veían en los entierros. Este argumento animó a un grupo de benidormenses a fundar la Taula del Bon Profit para poder reunirse una vez al mes.

Pepe Bayona señalaba otro elemento perdido al pasar de pueblo a ciudad, la calle como lugar de encuentro de los vecinos: “Las calles, aunque tenían la misma anchura que ahora en el casco antiguo, eran calles bien soleadas porque la altura de sus casas, todo lo más dos plantas y un porche, permitía que el sol entrara en ellas un buen número de horas al día. Aquellas calles tenían el encanto de ser tranquilas sin, prácticamente, circulación de vehículos y éstos quedaban más bien reducidos al carro de la basura y aquellos carros que suministraban el agua potable a las casas, con tres hileras de cántaros. Todo ello llevaba como consecuencia que la vía pública fuera, en cierta forma, como una dependencia más de los hogares, trasladando a ellas muchos trabajos y ocupaciones caseras, como podían ser confeccionar red” [15].

Calle Santo Domingo. Las dos personas están sobre el pavimento adoquinado de la entonces calle José Antonio, hoy Passeig de la Carretera. Detrás la calle sin asfaltar suponía polvo en verano y charcos en invierno.


Hoy día podemos lamentar la pérdida de aquel pueblo pero está claro que fueron los benidormenses de la época los que construyeron la ciudad turística que lo sustituyó. Estaban deseosos de progresar, de mejorar su calidad de vida y de ofrecer a sus hijos un mayor bienestar. Lo lograron aunque sintiendo nostalgia de su pasado que tenía aspectos positivos que añoraban ya que los humanos tendemos a olvidar los aspectos negativos del pasado y a idealizar los positivos: “Cualquier tiempo pasado fue mejor”…

Y junto a la visión nostálgica del pasado surgió la peyorativa del presente. El Benidorm vertical surgido a partir de 1963 tuvo detractores casi desde sus orígenes. Los sigue teniendo, pero ha demostrado durante los 59 años que lleva existiendo que es económicamente sostenible y que tiene futuro.

Playa de Levante, año 1950, postal de Fredo Marvelli. Las quejas sobre la masificación de Benidorm son anteriores a la ciudad vertical. En 1956 esta playa le pareció a Sylvia Plath excesivamente concurrida y bulliciosa. En 1928, con muchos menos visitantes Gabriel Miró había tenido una sensación similar: “Delante del baño abren sus residencias de verano […]  que han trastornado la fisonomía originaria de Benidorm […] La felicidad y la inocencia se han roto”.  



NOTAS.

[1] GABRIEL MIRÓ: “Años y Leguas”, año 1928, pág. 89-91

[2] SYLVIA PLATH: "Cartas a mi madre", volumen I.

[3] AMB Administración Secretaría, año 1952, signatura 4806/3.

[4] AMB 4806/3.

[5] AMB 4883/1, 18-2-1952

[6] AMB 4806/3.

[7] AMB 4806/3.

[8]  AMB 4806/3.

[9] AMB 4806/3.

10] BAYONA VIVES, José: “Benidormeries”, Ajuntament de Benidorm 1999, pags 133-135.

[11] AMB 4806/3.

[12] AMB “Intervención Municipal Cuenta General de presupuesto”, año 1954.

[13] AMB 4806/3.

[14] AMB, “Solicitudes al alcalde, 1951-1953”,  4806/2.

[15] BAYONA, ibid. pág. 85-86. 

jueves, 2 de diciembre de 2021

Salud y enfermedad en el Benidorm de principios del siglo XX: lepra, paludismo, cólera e higiene pública, de acuerdo con las actas de la Junta de Sanidad.

 


Podemos conocer algunos aspectos curiosos de la salud y las enfermedades de Benidorm a fines del siglo XIX y principios del XX gracias a las actas de su Junta de Sanidad, una institución municipal hoy día desaparecida. Es de suponer que existió al menos desde el año 1833 pero el punto de partida de este artículo es el año 1879. La causa es el gran inconveniente con el que tropieza la investigación histórica en esta localidad: la pérdida de documentación municipal de siglos pasados. No por incendios, conflictos o disturbios sino por considerarlos “papeles sin interés”. Sólo se conservan actas de la junta de sanidad a partir del citado año 1879.

Gracias a ellas analizo en este artículo cómo la junta municipal de sanidad resolvió algunos de los retos para la salud que tenía esta villa en los años a caballo entre el siglo XIX y el XX. Su obligación era hacer frente a las grandes pandemias, epidemias y endemias, pero también a todos los aspectos de la vida cotidiana que podían afectar a la salud de la población: agua potable, limpieza viaria, basura y saneamiento, matadero municipal, balsas de riego, lavaderos, etc. Cumplían así el mandato que había impuesto la Constitución de 1812 a los ayuntamientos: encargarse de «la policía de comodidad y salubridad encargada de remover todo lo que en los pueblos o en los términos, pudiera alterar la salud pública».

 Francisco Amillo Alegre

 

Fotografía de Benidorm fechada el 2 de agosto de 1895. A finales del siglo XIX y principios del XX Benidorm era un pueblo de unos 3.000 habitantes que no había recuperado los 4.502 habitantes del año 1842, el máximo de población de ese siglo. L a baja demografía se tradujo en un Ayuntamiento con escasez crónica de recursos y para muchas personas grandes dificultades para mantener un adecuado sistema higiénico y sanitario por lo que las enfermedades infecciosas eran la principal causa de mortalidad. Fuente: Archivo de Pedro Zaragoza en la Universidad de Alicante,

 

 

Las juntas de Sanidad.

En España las juntas de Sanidad tuvieron una larga historia, iniciada en 1722, para hacer frente a enfermedades catastróficas como la viruela y la peste en el siglo XVIII o la fiebre amarilla y el cólera en el XIX. Duraron dos siglos y medio, hasta la promulgación de la Ley General de Sanidad de 1986. Es un período de tiempo muy dilatado y es normal que a lo largo de él estas instituciones experimentaran numerosas modificaciones. Iniciadas por la monarquía borbónica como órgano centralizado desde Madrid, las reformas del liberalismo iniciadas con las Cortes de Cádiz pusieron el énfasis en su descentralización a través de las juntas provinciales y municipales presididas por gobernadores civiles y alcaldes respectivamente.

La salud animal, en una época en la que los animales domésticos de trabajo o alimentación eran imprescindibles, constituía también una misión importante de las juntas. Por ello incluían un veterinario para controlar las epizootias. [1] Las sucesivas reformas (1833, 1847, 1855, 1904, 1934) ampliaron las atribuciones de las juntas de sanidad siempre bajo la dirección del poder político. Variaron sus miembros y hoy día nos resulta curiosa la presencia del cura a principios del siglo XIX, sustituido más adelante por el médico titular y un cirujano. También era habitual la presencia de un farmacéutico. A partir de 1855 encontramos la participación de vecinos designados por el alcalde; varió su número pero siempre estuvieron presentes en ellas hasta que, tras la Guerra Civil, la reforma de 1944 supuso su desaparición y la incorporación de un médico de FET y JONS, de un maestro nacional y del secretario del ayuntamiento. Su efectividad fue escasa y languidecieron hasta que en 1886 la Ley de Sanidad implicó su desaparición. Al final del artículo se indica la composición de las diversas Juntas de Sanidad del período.

  

 

Agua potable y sanidad municipal.

Un tema fundamental en la salud  de cualquier pueblo o ciudad es suministrar agua para consumo humano libre de gérmenes de enfermedades infecciosas ya que son muchas las potencialmente transmisibles por este medio.

En Benidorm desde el año 1844 se intentó suministrar agua de calidad traída desde el manantial de Carreres, en el barranco de Lliriet, pero este abastecimiento fracasó a los pocos años y hasta 1939 no pudo hacerse realidad. Por eso en el período que aquí se analiza el aporte de agua se realizaba utilizando el agua subterránea de pozos privados y públicos, como el de las calles Metge Cosme Bayona y Alameda. También recogiendo en aljibes el agua de lluvia o llenándolos con el agua de Polop conducida durante el mes de enero a Benidorm por el cauce de la Séquia Mare. Según Orts Berdín eso ya había ocurrido a fines del siglo XIX “han mejorado las aguas potables con los depósitos construidos” [2].

Desde el punto de vista de la contaminación biológica, los pozos se consideraban seguros. Los dos citados se cerraron a fines del siglo XIX no por transmitir enfermedades infecciosas sino porque tenían un contenido de sales minerales tan alto que causaban problemas renales. La salinidad de las aguas subterráneas afectaba a la mayoría de los pozos que tenía Benidorm pero en muy pocos era tan intensa como para recomendar su cierre. Así lo indicaba Cavanilles en el siglo XVIII: “Un solo defecto noté en este pueblo, y fue el gusto salobre del agua cristalina; pero ni fastidia, ni daña á la salud” [3]. “Salmaia” era el nombre que recibía en Benidorm ese tipo de agua.

Los aljibes domésticos llenados con agua de lluvia o con la de Polop eran útiles sólo en años con lluvias de intensidad suficiente. Como en el clima mediterráneo las sequías son un fenómeno recurrente había años en los que los aljibes domésticos no se podían llenar. En Polop el nivel de los manantiales disminuía y la Séquia Mare no podía transportar agua suficiente. Eso es lo que ocurrió en 1879 [4]. El verano había sido muy seco y el 12 de noviembre, en el acta de la junta de sanidad, se exponía el "deplorable estado en que se encuentra este vecindario por la completa carencia de aguas potables". El médico José Pérez Vives, con 50 años de ejercicio en Benidorm, indicó los nocivos efectos de esa sequía con el rebrote de las “fiebres intermitentes” (paludismo) por la reapertura de las norias a causa de la sequía. Normalmente esa agua se utilizaba para regar los cultivos pero ese año algunos vecinos las habían consumido y habían contraído enfermedades: "siendo de suyo insalubres [...] se ha desarrollado endémicamente un sinnúmero de diarreas disentéricas, cólicos biliares, gastralgias gastorreas [= vómitos con dolor de estómago, náuseas y debilidad general] hijas todas á no dudar del uso de estas aguas".

 

Fotografía del 2 de junio de 1929 por el norteamericano Ralph Cornell. Noria junto a la calle del Puente, cuyo nombre alude al puente de la carretera Alicante Valencia que vemos a la derecha; hoy día es la vía Emilio Ortuño pero entonces estaba alejado del pueblo. El agua subterránea extraída mediante norias se acumulaba en balsas de riego.

 Sin embargo las infecciones producidas por el agua sólo las padecían los más pobres: "aquellos pocos vecinos que por su posición social pueden proporcionarse aguas de buena calidad no sufren como el resto del vecindario". La escasez de agua suponía también problemas para mantener una higiene correcta lo que acarreaba mayores posibilidades de contagios de todo tipo. Estos hechos nos muestran la vertiente sociosanitaria de las enfermedades.

 Para resolver la escasez de agua la junta acordó dirigirse al gobernador civil para que "sea conducida el agua potable que le pertenece [a Benidorm] por quien tiene la obligación de hacerlo". Se refería a María del Carmen Bernuy y Osorio de Moscoso de Valda y Ponce de León, heredera de los abolidos señoríos territoriales de Polop y Benidorm. Era la propietaria de la Séquia Mare pero vivía en Madrid y delegaba su control en administradores que descuidaban su mantenimiento.

El 7 mayo de 1886 en el acta de la junta de sanidad se decide cumplir la Real Orden y la circular del gobernador civil para que "se hiciere saber al vecindario por medio de bandos públicos que cuidaran de la limpieza de [,,,] balsas, acequias y demas que exija la conservacion de la higiene pública, como igualmente [...] aguas destinadas a la poblacion”. Con "aguas destinadas a la población" se refería a las que se vendían por las calles desde un barril transportado con un carro. La venta ambulante de agua fue muy usual en Benidorm hasta principios de la década de 1960. 

 

Fotografía de Quico del año 1957 que nos muestra un elemento del Benidorm tradicional. Sobre una calle sin asfaltar un carro con un tonel de agua que se vendía por las calles. La unidad  de venta era el cántaro de dos asas de entre 11 y 12 litros. El precio del “cànter d’aigua” varió con el tiempo pero se encarecía en años de sequía en los que este sistema fue imprescindible. En verano, con la afluencia de veraneantes, registraba el máximo de demanda. Fuente: Diccionari de Benidorm.

 

En el acta del 4 de octubre de 1893 la junta volvía a aludir a la sequía y a sus consecuencias para la salud: "la salud en estado normal es inmejorable en esta localidad como también las condiciones higiénicas por que se rige; pero que se presenta un peligro en época no lejana debido a la absoluta carencia de aguas potables por lo que los vecinos para cumplir la imperiosa necesidad de la sed se ven obligados a hacer uso de las pocas aguas que se encuentran en las charcas y profundidades de los barrancos en sitios apartados de esta población.” La solución era volver a exigir a la propietaria de la Séquia Mare que reparase el cauce ya que los 80 litros por segundo que tenía en Polop se reducían a 18 l/sg en el Saltet, a la entrada de Benidorm, a causa de las numerosas filtraciones de su cauce. “Por lo que opinan la urgente necesidad de conducir las aguas del riego mayor de Alfaz por su cauce natural interrumpidas hoy por el mal estado de la acequia y destrucción de la presa en el barranco de Polop y como sea que tanto en esta población como la vecina de Alfaz del Pi no han tenido nunca otras aguas potables que las del referido riego con las que llenaban varios depositos que hoy se han consumido casi por completo hasta el estremo de costar diez céntimos un cantaro de agua poniendo en grave apuro a las clases menesterosas de la poblacion."

 

 

La Séquia Mare en la Nucia con un ensanchamiento para que bebiesen las caballerías. El cauce se hizo de cemento a principios de la década de 1940 pero hasta entonces había sido de mampostería o de tierra y en ambos casos perdía agua por filtración. Fotografía de Esteve Soler en el Diccionari de Benidorm..

 

Como el administrador de la Séquia Mare solía hacer oídos sordos a las quejas de l’Alfàs del Pi y Benidorm, la junta decidió pedir al gobernador civil que "ordene al Sr. Administrador del riego mayor de Alfaz rehaga la presa del barranco de Polop y deje espedita la acequia para que por ella discurran las aguas  y al Alcalde de Nucia conduzca a dicha acequia las aguas sobrantes de aquel pueblo que hoy como las de Polop se pierden por el barranco, a fin de que despues de discurrir dichas aguas por todo el trayecto de la acequia durante dos dias consecutivos quede aquella limpia y puedan con buenas condiciones llenarse los depositos de este distrito municipal y los del pueblo de Alfaz del Pi”. Además pedía que el gobernador civil enviara a la Guardia Civil para vigilar la acequia y así evitar que se lavara la ropa y se regaran las huertas “durante todo el tiempo que se emplee en llenarse los consabidos depositos”. La propietaria del riego nunca reparó la presa del barranco de Polop ni el cauce.

 

 

Limpieza de las calles.

La limpieza de las calles a fines del siglo XIX fue otro logro sanitario de Benidorm. En aquella época no existía el saneamiento y las aguas negras se recogían en pozos ciegos pero había bastantes casas que no disponían de ellos. El resultado era lo que el periódico El Canfali criticaba en 1883: había calles que parecían cloacas porque algunos hacían allí sus necesidades fisiológicas. Destacaba la calle del Calvari, actualmente Tomás Ortuño: “algunas calles […] asquerosas é inmundas letrinas donde cada quisque se permite actos punibles por la decencia y la higiene” [5].

Pero en 1892 Orts Berdín constataba que se habían corregido: “se han saneado las calles desapareciendo algunos focos de infección” [6]. También fue un logro hacer un nuevo matadero en la playa porque evitaba “la asquerosidad de algunas calles convertidas antes en lagunas de agua, sangre, desperdicios de animales domésticos” [7].

 La limpieza de las calles se encomendó a los vecinos que debían barrer la parte contigua a la fachada de cada casa. Así lo recordaba el acta del 10 de mayo de 1909: “Se hace saber: [...] la obligación que tienen los vecinos de limpiar diariamente la parte de calle que confronta con sus casas bajo la penalidad de la multa que corresponda […] prohibición terminante de arrojar a la vía pública aguas sucias, escrementos, orines ni ninguna clase de inmundicias o basura”. También se disponía que “al objeto de conservar la higiene todos sus vecinos barrerán las fronteras de sus casas todos los días por la mañana y a la caída de la tarde”.

En el acta del 8 de julio 1911, ante la amenaza del cólera morbo se mandaba a los dueños de solares dentro del casco urbano que los limpiaran y vallarán con un muro o con alambre. También que la basura procedente del barrido de las calles no se depositara en los corrales de las casas por ser peligrosa para la salud. Se debería amontonar para que un empleado municipal las recogiera.

 

 

 Malos olores

Aunque en la época que analizamos los científicos ya habían descubierto los patógenos causantes de un buen número de enfermedades infecciosas, en la mentalidad de muchas personas seguía estando arraigada la teoría de su transmisión mediante el aire corrompido por sustancias orgánicas en putrefacción. Según El Canfali ya citado “no es corto el contingente de enfermedades que como corolario inevitable acompaña á esta clase de repugnantes olores”. También recalcaba que en las calles de Benidorm “alguno que otro cadáver de la raza canina ó gatuna, va descomponiéndose á su sabor y llenando de perjudiciales miasmas la atmósfera”. Añadía que los solares eran otro foco de malos olores: “Es costumbre ya inveterada en Benidorm […] desde tiempo remoto, el destinar los solares ó casas derruidas á depósitos de materia que no mencionamos, en obsequio al buen lenguaje y en los que por las continuadas visitas de vecindario, se forman de tiempo en tiempo estensos valladares de sustancias pútridas que infixionando con sus emanaciones el ambiente, ofende sensible y desagradablemente la pituitaria de los que tienen la desgracia de residir en la proximidad á una de estas cloacas al aire libre.” [8].

 La creencia en los malos olores como causa de enfermedad era muy antigua, ya existía en la Edad Media, y se aplicaba a un buen número de enfermedades, predominando en el período que analizamos el cólera y la malaria. Antiguamente se había aplicado también a la peste. Por eso, como medida preventiva general, se intentaba controlar los puntos con materia orgánica en descomposición: establos, estercoleros, letrinas, etc.

La costumbre de ensuciar algunas calles llegó hasta la época de Pedro Zaragoza, que comentó: "Yo recuerdo ese Carreró Brut (callejón sucio) que ahora tiene el nombre de Carrero del Gats (Callejón de los gatos). Este callejón era donde la gente echaba la basura en Benidorm."

Ante una alerta sanitaria por parte del gobernador civil la Junta de Sanidad tomaba disposiciones como:

- Limpieza de estercoleros y establos sacándolos de la población. Debían depositar su contenido fuera del casco urbano, a suficiente distancia. El 17 de mayo de 1909 la junta se hacía eco de quejas vecinales sobre estercoleros dentro del pueblo que podrían dar lugar “á inficcionar el aire y dañar la salud pública” sobre todo cuando empezase el calor “favorable al desarrollo de enfermedades infecciosas”. El 24 de agosto de 1910 se indicaba que los vecinos que tenían cerdos y otros animales en casa los deberían transportar a más de 1 km de la población “teniéndolos allí en buenas condiciones”. El 8 de julio de 1911 se añadía que no se podrá depositar estiércol en las afueras del pueblo ni junto a las vías públicas. Debería hacerse en “propiedades particulares y serán cubiertos convenientemente con tierra ó arena

- Vigilar la venta de alimentos en el mercadillo de la plaza de la Constitución y en las tiendas para asegurar que estuviesen en condiciones higiénicas.

 


La vigilancia de la venta de alimentos en mercadillos y tiendas era práctica habitual cuando e temía la aparición de una epidemia.

 - Los pozos ciegos eran otro foco de malos olores y la junta dispuso que se desinfectaran con cal viva o bromuro de cal: “Mandar que actuen en las letrinas para evitar el desarrollo de gases mefíticos, la cal disuelta en agua ó el bromuro de cal por ser estos antisépticos más usuales”. Antes de limpiarlos había que vaciarlos y por eso se dispuso que la “extracción de materias fecales se verificará unicamente desde las doce de la noche hasta la una de la mañana, debiendo verterlas en la orilla del mar sobre las aguas”. Más adelante, en el acta del 24 de agosto de 1910 se amplió esta precaución: “Se prohibe en absoluto el arrojar á la vía pública, comprendido su Castillo y Torreón, ni alrededor de la población, materia alguna ni aguas sucias vertiendose estas dentro de la orilla del mar”. La orden de verter la suciedad dentro del mar buscaba mantener la limpieza de las playas por razones sanitarias y turísticas.

-Se ordenaba limpiar las balsas del término que no deberían tener agua más de 24 horas porque en el verano las algas y plantas acuáticas en descomposición causaban malos olores.

  

 

 El paludismo.

 El acta del 7 mayo de 1886  recogía la opinión del médico municipal Eduardo Llorca Castells, aparentemente bastante optimista: “afortunadamente hoy la salud pública de esta población es excelente sin que haya otras enfermedades que las palúdicas leves propias de la estación”. Se refería a que el año anterior el municipio había sufrido una pandemia de cólera de alta mortalidad pero también deja claro que el paludismo era una enfermedad que reaparecía cada verano. A pesar de eso no suscitaba el temor de otras enfermedades.

 En el acta del pleno municipal del 30 de julio de 1898 se volvía a tratar el tema del paludismo, una enfermedad endémica en la zona mediterránea. El alcalde José Pérez Llorca indicaba que había recibido muchas quejas verbales por “la existencia de algunos focos de infección que podrían dar lugar al desarrollo del paludismo”. A la corporación le parecieron quejas razonables y acordaron varias medidas que no se entienden si no recordamos que en esa época pensaban que se transmitía a través de la materia orgánica en descomposición:

- Que “los dueños de las balsas y depósitos de agua, no permitan el lavado de la ropa” y que cuando se vacíen limpien bien el fondo y las paredes.

- “prohibido remover y extraer estiercol mientras dure la epoca de la canícula”.

Estas medidas no eran efectivas, ni siquiera la primera, ya que las balsas de las norias eran el lugar donde se reproducían las larvas de los mosquitos anopheles que transmitían la enfermedad. Orts Berdín señaló que en su época se cerraron muchas de ellas: “se han inutilizado muchas norias que causaban en el verano intermitentes [paludismo]” [9]. Pero en los años de sequía se reabrían y se utilizaban como reserva de agua.

 


El mecanismo de la noria para extraer el agua subterránea. Aunque en la imagen vemos hombres lo habitual era utilizar dos caballerías. Fuente: Diccionari de Benidorm.

 La prohibición de los “ameradors” o balsas para macerar el esparto fue otro elemento de la lucha contra el paludismo. En el acta de la junta de sanidad del 3 de marzo de 1910 el Ayudante Militar de Marina del puerto informaba que Juan Ferrando Martí había solicitado permiso para establecer en la playa de la Cala de Benidorm “un amerador para esparto cocido”. Lo comunicaba para saber si su autorización suponía perjuicio a la salud pública de la población. La Junta consideró que era muy perjudicial porque “la amaceración del esparto produce al fermentar y descomponerse emanaciones pútridas e infecciosas que dan lugar á afecciones palúdicas alcanzado su acción a grandes distancias; hallándose el punto en que se trata de cocer ó macerar el esparto á corta distancia de la carretera de Silla a Alicante, lugar de mucho tránsito, situado aún  á más corta distancia de dicho punto el cuartel o casilla donde habitan los carabineros con sus familias, además de otras casas de vecinos que existen en aquellas proximidades”. Por tanto dictaminó que no procedía autorizar el “amerador”. Esta precaución resultaba inútil porque los “ameradors” de la playa utilizaban agua de mar cuya alta concentración de sal impedía el desarrollo de las larvas de los mosquitos.

 

 

La lepra.

Aunque en la época que estamos analizando había algunos casos de lepra en la Marina Alta y Baja, no era una enfermedad exclusiva de estas comarcas. Estaba extendida por Europa y Asia desde hacía milenios y seguía causando el mismo pánico y el mismo rechazo que antaño. Durante siglos se había considerado que era un castigo divino por los pecados y lo seguía siendo a fines del siglo XIX a pesar de que el noruego Gerhard Armauer Hansen había descubierto en 1874 que era una enfermedad infecciosa provocada por la bacteria Mycobacterium leprae.

Hoy día es una enfermedad de fácil curación pero la padecen entre dos y tres millones de personas en todo el mundo según la OMS. En nuestro país dejó de ser endémica a partir de la década de 1950 porque se utilizaban fármacos que impedían su transmisión y desde 1987 ya se dispone de una medicación que la cura. También se sabe que una parte importante de la población está inmunizada de forma natural contra la lepra. Para los no inmunizados el contagio se produce tras una convivencia muy larga, a veces de años, con un enfermo. Su período de incubación es muy largo y los síntomas se manifiestan muy lentamente. En fases avanzadas las lesiones cutáneas provocan desfiguración y discapacidad lo que contribuye a su estigma social.

 A fines del siglo XIX la lepra no tenía cura. Se recurría a evitar la propagación de la enfermedad mediante la reclusión de los leprosos en lazaretos para aislarlos del resto de la población. La prensa  informaba sobre la existencia de casos de lepra en las dos Marinas. Un ejemplo lo tenemos en “El Bien Público”, un diario de Mahón, que informaba: “Es lamentable lo que sucede en varios pueblos de la Marina: la terrible lepra está haciendo estragos, propagándose de pueblo en pueblo sin que se vean realizados los diferentes proyectos que la Diputación provincial tiene en estudio para reducir los estragos que produce aquella temible plaga.

En el pueblo de Benidorm se cuentan ocho familias leprosas; en la villa de Gata su vecindario se propone levantar en él un hospital para aislar en él á los atacados por aquella enfermedad que son muchos […] la lepra se extiende á muchos otros pueblos, como Parcent y Pedreguer.” [10]. No sabemos si todos los miembros de las ocho familias de Benidorm contrajeron la enfermedad pero aunque hubiese sido así equivaldría a unas 32 personas sobre una población total de 3.032 habitantes. Es decir que habría afectado poco más del 1 % pero el terror que suscitaba era enorme.

 Siete años más tarde, en el acta de la junta de sanidad del 22 de abril d 1899, se indica el fallecimiento por lepra de una persona de Benidorm. Era una enfermedad que se intentaba ocultar por el rechazo social que generaba y costaba llamarla por su nombre. En este caso utilizan la expresión “enfermedad de San Lázaro”. El alcalde informaba que había “fallecido en el día de ayer de la enfermedad de San Lázaro la vecina Rosario Mayor Llorca que habitaba en la calle de la Palma de este poblado”. Por tanto debían tomar medidas “para evitar la propagación de tan terrible enfermedad”. La junta ordenó quemar la cama y ropas de la enferma “á la mayor brevedad posible”.

El día 6 mayo  de dicho año el gobernador civil comunicaba al alcalde de Benidorm que había ordenado “el ingreso en el Lazareto de leprosería establecida en el Manicomio provincial de Elda de los enfermos de lepra vecinos de esa villa José Llinares Climent, Carmen Mayor Llorca y Agustín Navarro”. Por la coincidencia de los apellidos de Rosario y Carmen es probable que fueran hermanas, algo lógico porque, a diferencia de otras enfermedades, la lepra sólo se contrae en casos de contacto muy directo y muy largo con el enfermo.

La junta autorizó al alcalde para que hiciese efectivo ese traslado con las precauciones necesarias para evitar contagios y que acto seguido se desinfectasen los domicilios de los afectados, se quemasen sus enseres y ropas procediendo finalmente a tapiar puertas y ventanas de las casas donde habitaban.

Así pues la forma de evitar la lepra fue recluir a los enfermos en edificios aislados lejos de sus pueblos y sus familias. Algunas personas criticaron la dureza de este método: “Ignoro en la actualidad el número de leprosos que podrá haber en los pueblos de Benidorm, Gata y Parcent, pero me atrevo a afirmar, sin temor a ser desmentido, que no serán muchos los atacados de esta dolencia […] los desgraciado que la padecen se hallan en el más completo aislamiento, no habitando ninguno de ellos en el casco de la población, y sí en casas de campo distantes la que menos a media hora”. [11]. Sin embargo siguieron habiendo enfermos y al año siguiente se informaba que en el vecino pueblo de Finestrat había doce “lazarinos”, o personas con la enfermedad de San Lázaro.

Por eso se acabó por imponer la conveniencia de un gran sanatorio tuberculoso en la Vall de Laguar, el Sanatorio San Francisco de Borja popularmente conocido como Fontilles. La idea surgió en 1902 y se iniciaron las obras pero se paralizaron porque surgió fuerte oposición en algunos sectores. También encontró apoyo en otros, entre ellos el Ayuntamiento de Benidorm que en 1905 dirigió un escrito al presidente de la leprosería San Francisco de Borja pidiéndole que las obras continuaran:  

“D. Miguel Pérez Vives [alcalde], D. Antonio Lorca Iborra, D. Bautista Picó Bernabéu, D. Vicente Fuster Iborra, D. Pedro Devesa Ballester y D. Vicente Zaragozá Soria, mayores de edad, Presidente y vocales del Ayuntamiento de Benidorm, á V.S. Atentamente

EXPONEN: Habiendo llegado a muestro conocimiento que se encuentran todavía paralizadas las obras del Sanatorio para leprosos en Fontilles, y comprendiendo es de interés para esta comarca se lleve á cabo la obra tan humanitaria como higiénica de albergar á dichos enfermos en punto apropiado, atendiendo el dictamen de Comisión Científica, el paraje de Fontilles reune excelentes condiciones para la instalación de una Leprosería, y no existiendo peligro alguno para los habitantes de «La Marina» en cuanto á la salud é intereses materiales,

SUPLICA este Ayuntamiento, en representación del pueblo de Benidorm, que se sirva proseguir las mencionadas obras de esa respetable y digna sociedad;

GRACIA que solicitamos de la bondad del Patronazgo de tan benéfica institución.

Benidorm 4 de febrero de 1905” [12].

Finalmente se reanudaron las obras y el sanatorio se abrió en 1909. Desde entonces los leprosos de la provincia se llevaron a ese centro que recibió ayudas económicas de algunos benidormenses para su mantenimiento.

 

 

El cólera.

En otra entrada de este blog ya he descrito la pandemia de cólera del año 1885 por lo que aquí me limitaré a reseñar las medidas que se tomaron en fechas posteriores. Ya no hubo más episodios graves de cólera morbo por lo que la junta actuó sobre ella cuando recibía aviso de que comarcas o países vecinos se habían infectado. Así pasó el 22 de septiembre de 1908 cuando el gobernador civil ordenó a la junta de sanidad que tomara precauciones ante la epidemia de “Cólera Morbo Asiático, en Rusia”, sobre todo con las “procedencias exteriores” es decir controlando personas y mercancías que llegaban en barcos provenientes de otros países.

Un elemento nuevo pero muy necesario fue la difusión entre adultos y niños de las normas de higiene y prevención de las enfermedades. Leemos en el acta del 26 de septiembre de 1908 que el alcalde de Villajoyosa indicaba  al de Benidorm  la conveniencia de que los maestros enseñaran a niños y adultos las normas de higiene: “para prevenir una invasión colérica […] cooperacion Maestros Instrucción que podrán facilmente convencer a muchos de que las reglas de higiene deben cumplirse y sirven de defensa para toda clase de enfermedades”.

El Ayuntamiento recibió varios telegramas del gobierno civil mandándole que adquiriera material sanitario y que leyeran diariamente la Gaceta de Madrid y el Boletín Oficial de la provincia para conocer las disposiciones al respecto. Las medidas preventivas de la junta se incluyeron en un bando que se fijó en los sitios de costumbre recordando entre otras cosas la prohibición de lavar ropas y objetos en la Séquia Mare y también la necesidad de que las balsas “estén limpias sin retener las aguas […] más de veinticuatro horas”.

 El acta del 24 de agosto de 1910 indica que las autoridades habían alertado de la existencia de cólera morbo en el reino de Italia. El alcalde publicó un bando ordenando las habituales medidas de limpieza de letrinas, cuadras, corrales, norias y acequias. Además se aprobaron otras normas, entre ellas la adquisición de un carro para recoger “las basuras y aguas sucias” y arrendar dos casas en las afueras del pueblo para lazareto de coléricos si fuera menester. También constituir dos brigadas sanitarias de seis personas para curar a los enfermos y pagar a cuatro monjas de la caridad para que los atendiesen. Como medidas preventivas se decidió impedir la entrada de indigentes, control de los viajeros que acudiesen a Benidorm y comprar cal viva para que los pobres pudieran desinfectar sus pozos ciegos, cuadras, etc.

El Rincón de Loix a principios del siglo XX estaba casi despoblado. La casa de la imagen, Villa Lucía, fue mandada construir por Luis de Cáceres Pereira, abuelo materno de Edelmiro Trillo. Era capitán de Carabineros y residía en Alicante pero antes había estado destinado al cuartel de Caletes. Tras su jubilación se construyó esta casa en primera línea de playa y residía en ella una parte del año. No había un camino desde Benidorm al Rincón y por supuesto tampoco tenía electricidad ni estaba conectado a la red de abastecimiento de agua potable ni a la de saneamiento porque no existían. En su lugar aljibe y pozo ciego, lo usual en esa época. Fuente: Archivo Municipal de Benidorm, fondo de Edelmiro Trillo.

El acta del 5 de septiembre de 1910 recoge un caso de incautación de una embarcación para prevenir que hubiese enfermos de cólera. El teniente de carabineros había comunicado que en la tarde anterior aprehendieron en la inmediación de la “Isleta Mitjana” el falucho San José con contrabando de tabaco “y cuatro hombres de tripulación, cuya embarcación con sus tripulantes y pareja de carabineros aprehensora había conducido frente á la caseta del puesto “Caletes”, permaneciendo allí todos incomunicados en cumplimiento de medidas Sanitarias hasta que marinos del mismo cuerpo avisados previamente vengan desde Alicante á conducirlo todo al puerto de dicha ciudad”. El alcalde Vicente Zaragoza Soria, el Médico inspector de sanidad Jaime Fuster Barceló, el vocal de la junta Francisco Saval Ortuño y el alguacil Bautista Orquín Pérez se trasladaron “al punto denominado “Caletas”, distante dos kilómetros de la población en la Playa de Levante observando desde la orilla del mar un falucho de pequeñas dimensiones anclado en sitio conveniente y completamente aislado”. En el cuartel de Caletes encontraron al teniente que les confirmó lo expresado en el oficio: el falucho San José fue apresado sobre las 14 horas del día 4 pero como a las 19 horas (las 21 horas horario actual), se levantó fuerte viento y mala mar decidió hacer desembarcar a la tripulación y a los dos carabineros. Los instaló en una caseta aislada hasta que a primeras horas de la madrugada, calmada la mar, reembarcaran en espera de ser conducidos a Alicante.

El miedo al contagio de cólera provocó roces con el municipio de l’Alfàs del Pi. Según el acta del 5 de septiembre el alcalde indicó: “Sabido es de todos que en general el lavado de ropas de esta población se efectúa por lavanderas del inmediato pueblo de Alfaz del Pi en aquel término, cuyo servicio constituye una industria para aquellas mujeres; pero es el caso que ahora el Ayuntamiento, Junta de Sanidad, ó Alcaldía de aquel pueblo (y ya van de esto muchas quejas presentadas), con motivo de disposiciones de higiene y salubridad han prohibido la introducción de ropas sucias para el lavado, sin fundamento alguno por lo visto, puesto que en esta villa y su término la salud es completa y no existe ninguna enfermedad infecciosa ni contagiosa”.

Para tratar de volver á la normalidad el alcalde “había convenido con Jaime Lloret Ferrandis dueño del lavadero único que existe en esta población aumentara los depósitos que tiene para el lavado de ropas […] habilitando además una noria en puesto conveniente”.  Jaime Lloret residía en Benidorm, en la partida de Fluixà y ese año era concejal. También habló con otros propietarios de norias para permitir el lavado de ropa a la vaciada de las balsas.

 

Lavadero de l’Alfàs del Pi que utilizaba agua d la Séquia Mare.

 

También en esa acta leemos que el alcalde había inspeccionado las escuelas, matadero, Juzgado y depósito municipal encontrándolos limpios y ordenando cambiar pequeños detalles “para el completo saneamiento”. También visitó la iglesia de Sant Jaume “con los debidos respetos a tan sagrado lugar se muestra la misma completamente limpia y con el aseo debido, motivada esta visita por ser el templo punto de gran concurrencia de fieles”.

 En el verano de 1911 se advirtió al Ayuntamiento que el cólera morbo asiático había vuelto a aparecer en algunas ciudades italianas “próximas a nuestras costas y con las que nos unen relaciones intensas diarias y comerciales”. Reunida la junta de sanidad el  8 julio 1911 el secretario leyó la Circular del ministerio de la Gobernación  respecto a medidas de higiene y prevención de infecciones [13]. La junta aprobó emitir un bando al día siguiente con las normas generales de limpieza ya indicadas anteriormente.

 El año siguiente no hubo ninguna alerta de epidemia de cólera en países próximos pero aún así se tomaron precauciones. El acta del 30 de marzo de 1912 nos indica que  por orden de la Inspección provincial de Sanidad, dado que se aproximaba la época del calor, deberían evitar los focos de infección en la localidad ya que el año anterior el cólera azotó “naciones vecinas” y a Cataluña. Volvieron a publicar un bando idéntico al del año anterior. Como novedad se indica que en el presupuesto municipal había fondos para caso de epidemia y un depósito de farmacia con todos los medicamentos necesarios.

Afortunadamente, como en años anteriores, las medidas de aislamiento e higiene habían sido eficaces y no se declaró el cólera en Benidorm y la Marina. Sin embargo, el temor a esa enfermedad tan sumamente contagiosa siguió vivo durante muchos años.

 


Conclusión.

Como conclusión sobre el estado sanitario de Benidorm en los años analizados, creo conveniente señalar que aunque se conocían ya las causas de muchas enfermedades infecciosas no se disponía de los fármacos eficaces que tenemos hoy día. Además, la pervivencia de antiguas creencias médicas produjo algunas actuaciones totalmente inútiles.

Sin embargo en su conjunto fueron eficaces porque con los conocimientos médicos de la época poco más se podía hacer. También es importante señalar que las grandes desigualdades sociales afectaron de forma intensa a la propagación de las enfermedades porque se cebaron sobre todo en los desfavorecidos. Su alimentación insuficiente los volvía débiles frente a las enfermedades infecciosas y su escasez de recursos debilitaba la capacidad de mantener una higiene correcta además de cerrarles el acceso a los medicamentos. Unos medicamentos, por cierto, que se anunciaban en la prensa como remedio simultáneo para gran número de enfermedades pero de casi nula efectividad. Por eso en aquellos años las enfermedades infecciosas provocaban en 36 % de las defunciones mientras que en la actualidad suponen un 1,6 %. Está claro que los progresos de la higiene pública y privada, de la Medicina y los fármacos, junto al acceso fácil al Sistema de Salud para toda la población, supusieron una mejora radical en el estado sanitario de nuestro país. Por desgracia no ha ocurrido lo mismo en todos los países del mundo...    

 

 

 

ANEXO

 

Composición de las Juntas de Sanidad de Benidorm de 1879 a 1925 (AMB 5185/5)

 

Junta 1879-1881

Alcalde: Gregorio Barceló Lloret

Médico: José Pérez Vives

Farmacéutico:

Veterinario: José Mauri Galiana

Vecinos: Jaime Lloret Orts; Miguel Pérez Orts; Miguel Lloret Pérez

Suplentes:

Médico Vicente Lanuza Llorca

Cirujano: Pedro Vives Vilar

Vecinos: Pedro Bayona Nogueroles; José Cortés Pérez; Ricardo Fuster Marco

 

Junta 1885-1887

Alcalde: José Fuster Ivorra

Médico: Eduardo Llorca Castells

Cirujano: Pedro Galindo Such

Veterinario: José Mauri Galiana

Vecinos: Miguel Climent Bayona, José Pérez López, Miguel Ortuño Sanchiz (sic)

Suplentes:

Médico: Vicente Lanuza Llorca

Cirujano Pedro Vives Vilar

Vecinos: Juan Bautista Catalá; Jaime Martí Segarra; Francisco Orozco Ballester.

 

Junta 1887-89

Alcalde: Francisco Zaragoza Fuster

Médico: Vicente Lanuza Llorca

Cirujano: Pedro Vives Vela

Farmacéutico: Juan Bautista Solbes Meliá

Veterinario: José Mauri Galiana

Vecinos: Francisco Grau Llorca; Jaime Pérez Llorca; Antonio Rodríguez López; con lápiz: Francisco Saval

Suplentes:

Médico: Eduardo Llorca Caselles

Cirujano: Pedro Galindo Such

Vecinos: Miguel Soler Barceló; Bartolomé Berenguer Fuster; Ramón Martínez Oriola; con lápiz Vicente Devesa Vives 

 

 

Junta 1889-91

Alcalde: Francisco Zaragoza Fuster

Médico: Vicente Lanuza Llorca

Cirujano: Pedro Vives Vila

Farmacéutico: Juan Bautista Solbes Meliá

Veterinario: José Mauri Galiana

Vecinos: Francisco Grau Llorca; Vicente Devesa Vives; Ramón Rodríguez López

Suplentes:

Médico: Eduardo Llorca Castells

Cirujano: Pedro Galindo Such

Vecinos: Francisco Saval Zaragoza; Bartolomé Berenguer Fuster; Miguel Mas Mallol

 

 

Junta 1893-1895

Alcalde: Francisco Zaragoza Fuster

Médico: Eduardo Llorca Castells

Veterinario: José Mauri Galiana

Cirujano: Pedro Vives Vila

Vecinos: Miguel Mas Lloret; Francisco Saval Zaragoza; Francisco Grau Llorca.

Suplentes:

Vecinos: José Ortuño Llorca; Diego Soria Zaragoza; Francisco Piera Soler

 

Junta 1895-1897

Alcalde: Juan Zaragoza Fuster

Médico: Eduardo Llorca Castells

Cirujano: Pedro Vives Vila

Veterinario: José Mauri Galiana

Vecinos: Vicente Zaragoza Pérez; Francisco Giner Bañuls; Francisco Orozco Ivorra

Sin Suplentes.

 

Junta 1895-1897

Alcalde: Juan Zaragoza Fuster

Médico: Eduardo Llorca Castells

Cirujano: Pedro Vives Vila

Veterinario: José Mauri Galiana

Vecinos: Vicente Zaragoza Pérez; Francisco Giner Bañuls; Francisco Orozco Ivorra

Sin Suplentes.

 

Junta 1899-1901.

Alcalde: José Pérez Llorca

Médico: José Orts Orts

Veterinario José Mauri Galiana

Vecinos: Jaime Barceló Vives; Francisco Orozco Ivorra; Francisco Giner Bañuls;

Vecinos suplentes: Ramón Martínez Oriol; Ramón Pérez Congost; Jerónimo Llorca Ivorra

 

Junta 1908-1909.

Alcalde: Manuel Orts Cano; sus ausencias las preside Miguel Pérez Vives, 1r teniente de alcalde.

Médico. Vicente Lanuza

Farmacéutico: José Vives Orts

Secretario municipal: Bernardo Galindo Ripoll

Vecinos: Eduardo Llorca Castells, médico; Vicente Devesa Baldó; José Francés Bañuls

Junta 1910

Alcalde: Vicente Zaragoza Soria

Médico: Jaime Fuster Barceló

Farmacéutico: José Vives Orts

Secretario municipal: Francisco Saval Ortuño

Vecinos: Eduardo Llorca Castells, médico; Vicente Devesa Baldó; José Francés Bañuls

 

Junta 1911-1913

Alcalde: Vicente Zaragoza Soria

Médico: Jaime Fuster Barceló

Farmacéutico: José Vives Orts

Secretario municipal: Francisco Saval Ortuño

Vecinos: Eduardo Llorca Castells, médico; Vicente Devesa Baldó; José Francés Bañuls

 

Junta 1925.

De acuerdo con  Real Decreto de 9 febrero 1925, artículo 55 y 56  de la sección IX del nuevo Reglamento de Sanidad Municipal se introducen cambios en la composición.

 

Alcalde: Nicolás Morales Orts

Médico: José Pérez Llaudes;

Secretario e Inspector Municipal de Sanidad: Cosme Bayona Fuster.

Secretario municipal: Vicente LLorca Ureta

Farmacéutico: Manuel Lanuza Pérez

Veterinario: José Mas Timoner.

“Técnico de competencia en el ramo de edificaciones urbanas”: Francisco Thous Almiñana

Párroco: Juan N. Segarra Segarra

Maestro: Antonio Blanes Payá

Vocales electivos: Gregorio Llorca Barceló, vecino propietario; Fernando Espasa Pla, vecino obrero.

 

NOTAS:

 [1] MANGAS ROLDÁN, Juana Mª: “Anotaciones sobre las Juntas Municipales de Sanidad”, año 2001. Disponible en https://www.historiaveterinaria.org/update/juntas-municipales-de-sanidad-1457457662.pdf ).

[2] ORTS BERDÍN, PEDRO MARÍA: “Apuntes históricos de Benidorm”, 1892, pág. 247.

[3] LACARRA, J. & SÁNCHES, X.: “Les Obserbacions de Cavanilles dos-cents anys despres”, 1997. Bancaixa Obra Social vol. IV, pág. 280.

[4] AMB: Actas de la Junta de Sanidad, 5185/5

[5] El Canfali 20/03/1883

[6] ORTS BERDÍN, PEDRO MARÍA: “Apuntes históricos…”, 1892, pág. 247.

[7] ORTS BERDÍN, PEDRO MARÍA: “Apuntes históricos”, 1892, pag. 264.

[8] El Canfali 20/03/1883

[9] ORTS BERDÍN, PEDRO MARÍA: “Apuntes históricos”, 1892, pág 247.

[10] “El Bien Público”, diario de Mahón, 07/01/1892.

[11] Diario El Alicantino 12/01/1892.

[12] Revista Fontilles, 0/04/1905

[13] Gaceta de Madrid 5-3-1911